BBVA presenta en México la exposición “Confluencias. Dos siglos de modernidad en la Colección BBVA”

Posted on noviembre 15, 2009

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  • 60 obras maestras de la Colección BBVA se pueden ver en México, y posteriormente en Colombia y Chile, con motivo de las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia de dichos países
  • En la exposición, comisariada por Tomás Llorens, se incluyen piezas de artistas tan notables como Siqueiros, Goya, Libero Badií, Fernando Szyszlo, Matta, Gómez Campuzano y Martín Tovar

La exposición Confluencias. Dos siglos de modernidad en la Colección BBVA se presenta mañana 12 de noviembre en el Museo Nacional San Carlos de México, y posteriormente viajará a Colombia y Chile. La muestra incluye alrededor de 60 obras, entre pinturas, esculturas y obras sobre papel, procedentes del patrimonio artístico del Grupo BBVA en varios países latinoamericanos (Argentina, Colombia, Chile, España, México, Perú y Venezuela), realizadas en los últimos doscientos años por artistas tan notables como Siqueiros, Leonora Carrington, Goya, Libero Badií, Fernando Szyszlo, Matta, Gómez Campuzano y Martín Tovar, que permitirán al público mexicano, colombiano y chileno observar los diferentes modos de interpretar el devenir histórico y las referencias iconográficas comunes o diferentes en Europa y América. Con esta actividad cultural BBVA se une a  las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia en varios países de América Latina.

La Colección BBVA en los países donde el banco tiene presencia ha sido el resultado de la integración de los fondos artísticos de las numerosas entidades que actualmente conforman el Grupo BBVA. En la selección de las obras contenidas en esta exposición se han reunido una gran variedad de estilos y de escuelas pictóricas, fundamentalmente de Argentina, Chile, Colombia, España, México, Perú y Venezuela, así como otras procedentes de otras escuelas europeas y americanas.

El comisario de la exposición, el profesor y exdirector del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, Tomás LLorens, ha planteado un recorrido artístico por los siglos XIX y XX, dentro de los fondos de la Colección BBVA para ilustrar los modos de abordar e interpretar plásticamente los sucesos históricos en el continente americano y en España, a través de los estilos más importantes desarrollados en sociedades tan diferentes y apartadas entre sí, con el objetivo de captar la modernidad. La muestra se articula en cuatro apartados temáticos: La imaginación romántica; El entresiglo XIX/XX. Entre Naturalismo y Simbolismo; La primera mitad del siglo XX. Vanguardia y tradición moderna; y La segunda mitad del siglo XX. La condición de la imagen.

La imaginación romántica

El recorrido de la exposición comienza con uno de los movimientos plásticos y literarios más largos del siglo XIX: el romanticismo, que renovó gran parte de las corrientes pictóricas y muy claramente el paisaje. Con el romanticismo se apuesta por una nueva imaginación y eso fue muy visible en la pintura española y latinoamericana, tanto por el interés hacia el individuo, relacionado con un género como el retrato; por la captación de las costumbres sociales; y por el amor a la naturaleza que se vislumbra en los paisajes.

El retrato de Pantaleón Pérez de Nenin, un óleo pintado por Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), constituye un ejemplo de retrato que plasma la función pública y el rango social de la persona captada por la paleta del pintor. Obra de gran complejidad, muestra a un comerciante de Bilbao ataviado con el uniforme de capitán del regimiento de húsares, con un verismo y habilidad que recuerdan el estilo velazqueño. A continuación se puede observar un retrato de Simón Bolívar realizado por el venezolano Martín Tovar y Tovar (1827-1902), también de similar estilo, que fija una imagen del Libertador más o menos estereotipada, basada en grabados del pasado.

De Raimundo de Madrazo (1841-1920) se ha seleccionado Retrato de una dama, ejemplo de elegancia expresiva a la hora de fijar un arquetipo femenino, y una tablilla de Nicanor González (1864-1934), que capta el perfil de una mujer desconocida como si fuera un apunte de un rostro que llamó la atención del artista.

Entre las escenas de la vida cotidiana se han escogido diez estampas de la serie Los Caprichos de Goya, que son una buena representación de uno de los grandes ciclos calcográficos del genio aragonés, con la intención de describir y satirizar usos y costumbres de la sociedad estamental española, ofreciendo una mirada nueva, que combina lo grotesco y lo fantástico. Otro ejemplo costumbrista son las cuatro acuarelas de Pancho Fierro (1807-1879), que representa situaciones y tipos populares de la Lima virreinal.

Por último, dentro de este apartado, cabría destacar la pintura de paisaje con óleos singulares de Pablo Gonzalvo (1828-1896), con esa vista de la desembocadura de la ría en el Abra de Bilbao; la marina, plena de espectacularidad, de Ramón Martí i Alsina (1826-1894); tres buenos ejemplos de la escuela chilena, con una obra de Giovanni Mochi (1831-1892), en La Carreta, que refleja una vida tranquila en el campo;  en contraste con Paisaje de Cordillera de Antonio Smith (1832-1877), iluminada con la luz del último sol; y el Paisaje estero de Onofre Jarpa (1849-1940), que fija una imagen más plácida de la naturaleza aunque impregnada por la expresividad de la luz.  Del colombiano Ricardo Gómez Campuzano (1891-1981) su Puente de piedra, testimonio del paisajismo neorromántico.

El entresiglo XIX/XX. Entre naturalismo y simbolismo

En la segunda parte se aborda el naturalismo y el localismo como rasgos característicos de la época moderna, ya que como sostiene Tomás Llorens en su texto del catálogo: “…las relaciones entre naturalismo y simbolismo, dos polos teóricamente contrapuestos de la sensibilidad modernista, fueron complejas y llenas de ambigüedad”. En este sentido cabría mencionar Estudio de una calavera (1883), un óleo de juventud de Joaquín Sorolla (1862-1923), que aúna simbolismo con un marcado lenguaje naturalista; una obra temprana de Darío Regoyos (1857-1913), Seguidillas gitanas, cercana al simbolismo belga de finales del XIX. Del autor vasco también se expone Puerto de Bilbao, con ecos del impresionismo francés.

Francesc Gimeno (1857-1917) constituye el polo opuesto a Regoyos, ya que se centró en el más puro localismo, como se deduce al contemplar su paisaje Playa. Bagur, que tiene cierta continuidad en la obra de Enrique Martínez Cubells (1875-1947), cuyo Fin de jornada (1909) revela la combinación del estilo tardío de Sorolla con el de Zorn.

La obra de Santiago Rusiñol (1861-1931) se caracterizó por transitar por varios estilos a lo largo de su prolífica carrera, desde su residencia en París hasta su aproximación al simbolismo. En las últimas décadas de su vida realizó una peculiar pintura de jardines neoclásicos, impregnados de melancolía, como Avets i boixos. Jardines de Martí Codolar, pintado en 1927. En una temática similar podemos citar Paisaje impresionista, del argentino Cesáreo Bernardo de Quirós (1879-1968), un jardín otoñal con estatuas de acentuado simbolismo.

Francisco Iturrino (1864-1924), en Mujer con abanico, fija la temática andaluza que se puso de moda en París a comienzos del siglo XX, mientras que Aureliano Arteta (1879-1940) aborda en su obra de juventud La pereza y el trabajo, una alegoría de la temática laboral, sintetizando la pintura mural italiana con el simbolismo de Puvis de Chavannes.

Cuatro autores cierran este epígrafe: el chileno Arturo Gordon (1883-1944) y el español Anselmo Miguel Nieto (1881-1964), que captaron con resonancias alegóricas dos figuras femeninas; el peruano José Sabogal

José Sabogal

José Sabogal

(1888-1956), que en Rimac, arrabal ofrece una imagen de casas de arrabal perdidas en un paraje de montaña áspero, teñido de melancolía; y la mezcla de indigenismo y estilización moderna de Alejandro González Trujillo (1900-1983) en Yurak Orcco, una vista andina de la región de Titicaca.

 

 

La primera mitad del siglo XX. Vanguardia y tradición moderna

Durante las primeras décadas del siglo pasado tuvieron lugar algunas de las manifestaciones artísticas más variadas, al plantear un debate entre vanguardia y tradición, tanto en Europa como en América, aunque tuvo singularidad propia en Latinoamérica y España. La atención de los artistas se centró  especialmente en los procesos artesanales  y en sus posibilidades de expresión.

María Blanchard (1881-1932) vivió en París en los años previos a la I Guerra Mundial. Aunque se integró plenamente en el cubismo después de terminar la contienda, ya se observa  en Composition avec tache rouge huellas del cubismo sintético, cercano al de Juan Gris y Gleizes. Una trayectoria diferente fue la del granadino Manuel Ángeles Ortiz (1895-1984), cuyo óleo Cabezas múltiples, pintada en 1976, tiene una inspiración musical muy personal, como casi toda su obra.

México durante la primera mitad del siglo ofrece algunos ejemplos de la relación entre vanguardia artística y revolución política, y en la selección de esta exposición hay varios ejemplos que lo corroboran. La figura del Dr. Alt -Gerardo Murillo- (1875-1964), autor de Volcán Paricutín, abrió muchos caminos por donde luego transitarían las vanguardias mexicanas. De David Alfaro Siqueiros (1896-1974) se exhibe Paisaje I, una obra tardía pero en la que late la búsqueda sincrética siempre al servicio del espíritu colectivo. De Leonora Carrington (1917), compañera de Max Ernst y que realizó casi toda su carrera en su país de elección, se exhibe The Spheres Themselves, una composición basada en cosmologías ancestrales.

Otros artistas latinoamericanos se incorporaron a la segunda generación surrealista, como el chileno Roberto Matta (1911-2002), cuyo óleo La imposible posibilidad denuncia el golpe de estado de Pinochet. Al igual que Matta, destaca el ecuatoriano Guayasamín (1919-1999), que estuvo influido por el muralismo mexicano y el indigenismo, como se deduce en su  Maternidad, ejemplo del sincretismo.
 
Este capítulo se cierra con Puerto, un óleo de 1957 de Pancho Cossío (1894-1970), y con una escultura del pintor y escultor Antonio López (1936), que aunque pertenece por cronología al cuarto apartado de la muestra, en su obra titulada Mujer dormida, el creador manchego hace gala de una formulación de un nuevo realismo basado en la mimesis.

La segunda mitad del siglo XX. La condición de la imagen

Según el comisario de la muestra, Tomás Llorens, lo que ha caracterizado a la sociedad de la segunda mitad del siglo pasado ha sido el crecimiento de las redes de comunicación y dentro de ese crecimiento la gran proliferación industrial de imágenes. En este apartado la selección tiene dos ejes principales: la abstracción, durante las décadas centrales del siglo XX, y a partir de los años 60 y 70 el Pop Art, que asume la proliferación icónica como punto de partida.

Del expresionismo abstracto, movimiento artístico norteamericano, conviene mencionar al español José Guerrero (1914-1991), instalado en Nueva York a partir de 1950 e integrado en el grupo expresionista neoyorquino. En su obra Comienzo, pintada en 1983, la primacía del color atenúa la iconicidad del cuadro.

Previamente a la llegada de Guerrero a España, la tendencia dominante era el informalismo español, rama de un movimiento europeo que dominó el panorama artístico durante la década de los 50 y 60. Dentro de ese grupo, hay de resaltar a Antoni Tàpies (1925), cuya obra Forma gris blavós (1955) sugiere la cabeza de un ángel de Paul Klee, dentro de esa textura matérica que caracteriza su obra; la fuerza y variedad del grupo El Paso, fundado en 1957, del que destacan Manuel Millares (1926-1972), del que se exhibe una arpillera titulada Cuadro 2, en las que insinúa imágenes antropomórficas, que gracias al negro y el blanco acentúa la atmósfera expresiva, colores que también emplearía Antonio Saura (1930-1998), un autor que alterna la tensión de lo figurativo con la influencia de Goya, Velázquez y Picasso, lo que queda muy patente en su Dora Maar 15.5.83.

Otros miembros de este grupo El Paso, que también están presentes en la exposición, son Luis Feito (1929), cuyo lienzo Pintura (167) se caracteriza por el uso de referencias abstractas de carácter matérico, al evocar desiertos y espacios silenciosos; el granadino Manuel Rivera (1927-1995), que pronto abandonó las técnicas habituales de la pintura al óleo, para concentrar sus energías en sus composiciones con tela metálica, explorando las posibilidades ópticas que le ofrecía el nuevo material, como se comprueba en Espejo naciendo III. Coetáneo de los informalistas españoles, el peruano  Fernando de Szyszlo (1925), evolucionó hacia una abstracción libre, cercana al informalismo, como denota Composición abstracta o Paisaje ritual  (1964-1965).

El arte centrado en la percepción visual está representado por tres artistas coetáneos: el venezolano Carlos Cruz Díez (1923) y los valencianos Eusebio Sempere (1923-1985) y Andreu Alfaro (1929). Del primero se exhibe la obra Fisicromía nº 1022, una de las piezas que más se adhiere a las características del movimiento cinético, y que produce sensaciones de color independientes incluso de la materialidad de la propia obra, mientras que de Eusebio Sempere,  uno de los primeros artistas que introdujo luz eléctrica en sus obras, se presenta una escultura de acero cromado, que revela su carácter experimental y deja que la imaginación del espectador gire en torno a la obra. De Andreu Alfaro, un artista autodidacta y con gran afán investigador, con influencias de escultores y pintores clásicos pero también del jazz, puede contemplarse Composición en espiral (1975), una escultura plena de significados sentimentales pero no exenta de tensión.

Dentro de la historia del arte del siglo XX hay artistas difíciles de clasificar, y ese es el caso del argentino, nacido en Italia, Libero Badií (1916-2001), del que se ha elegido una obra tardía como Ariadna (h. 1969-1975), en la que experimenta con diferentes materiales: maderas recortadas y pintadas, que recuerdan a ciertos juguetes tradicionales, con ecos del futurismo italiano.

Aunque el Pop Art se considera un movimiento norteamericano, lo cierto es que nació en Inglaterra, y se desarrolló con profusión en las dos orillas del Atlántico. Esta corriente tuvo en España algunos ejemplos muy representativos, aunque con una respuesta diferente, debido a las condiciones socio políticas del país. En este sentido, se debe mencionar la originalidad del Equipo Crónica, constituido en Valencia por Manolo Valdés, Rafael Solbes y Juan Antonio Toledo en 1964, que observaron con atención la iconografía de los medios de comunicación de masas en un marco político determinado, así como una reflexión crítica sobre la actividad artística, algo que queda muy patente en su pieza Cayetana (1975-1976), donde reivindicaron a protagonistas de la historia de la pintura, la duquesa de Alba pintada por Goya. El caso de Eduardo Arroyo (1937) resulta muy ilustrativo, ya que vivió gran parte de su vida en París y fue uno de los principales impulsores del movimiento Figuration Narrative, contemporáneo del Pop Art, aunque más crítico frente a los acontecimientos políticos o culturales concretos. Al regresar a España en 1976 realizó obras irónicas y alusivas como La Nuit espagnole (1986), donde apunta el fracaso de la construcción de una identidad nacional española en la era contemporánea.

Por último, la trayectoria de Luis Gordillo (1934), que aborda la pintura como lenguaje y se mantiene indiferente a las condiciones socio políticas. Del sevillano cuelga un tríptico: Mouse-paisaje-globo (1986), en un momento álgido de influencia en las nuevas generaciones de pintores españoles. En Gordillo se vislumbra un estilo pictórico ecléctico, pero sólidamente definido y eficaz.

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